Ceci est une version HTML d'une pièce jointe de la demande d'accès à l'information 'Karmenu Vella's cabinet meetings with religious lobbyists'.








 
 
Usemos misericordiia con nuestra casa común 
 
En unión  con los hermanos y hermanas ortodoxos,  y con la 
adhesión de otras Iglesias  y Comunidades cristianas, la Iglesia 
católica celebra hoy la anual  «Jornada mundial de  oración por el 
cuidado de la creación». La jorn
nada pretende ofrecer «a cada creyente 
y a las comunidades una valioosa oportunidad de renovar la adhesión 
personal a la propia vocación de custodios de la creación, elevando a 
Dios una acción de gracias por la maravillosa obra quee él ha confiado 
a nuestro cuidado, invocando su ayuda para la prrotección de la 
creación y su misericordia por los pecados cometidos contra el mundo 
en el que vivimos».1 
Es muy alentador que la preocupación por el futturo de nuestro 
planeta 
a sea compartida por las Iglesias y las Comunidades cristianas 
junto  a otras religiones. En efecto,  en los últimos  años,  muchas 
iniciativas han sido emprendidas por las autoridades religiosas  y 
otras organizaciones para sensibilizar  en mayor medida a la opinión 
pública sobre los peligros del uso irresponsable del planeta. Quisiera 
aquí mencionar al Patriarca  Bartolomé y a su predecesor Demetrio, 
                                                            
Carta para la Institución de la «Jornada mundial de oración para el cuidado de la creación» (6 
agosto 2015). 

 

 
que durante muchos años se han pronunciado constantemente 
contra el pecado de causar daños a la creación, poniendo la atención 
sobre la crisis moral y espiritual que está en la base de los problemas 
ambientales y de la degradación. Respondiendo a la creciente 
atención por la integridad de la creación, la Tercera Asamblea 
Ecuménica Europea (Sibiu 2007) proponía celebrar un «Tiempo para 
la creación», con una duración de cinco semanas entre el 1 de 
septiembre (memoria ortodoxa de la divina creación) y el 4 de octubre 
(memoria de Francisco de Asís en la Iglesia católica y en algunas otras 
tradiciones occidentales). Desde aquel momento dicha iniciativa, con 
el apoyo del Consejo Mundial de las Iglesias, ha inspirado muchas 
actividades ecuménicas en diversos lugares. 
Debe ser también un motivo de alegría que, en todo el mundo, 
iniciativas parecidas que promueven la justicia ambiental, la solicitud 
hacia los pobres y el compromiso responsable con la sociedad, están 
fomentando el encuentro entre personas, sobre todo jóvenes, de 
diversos contextos religiosos. Los Cristianos y los no cristianos, las 
personas de fe y de buena voluntad, hemos de estar unidos en el 
demostrar misericordia con nuestra casa común ―la tierra― y 
valorizar plenamente el mundo en el cual vivimos como lugar del 
compartir y de comunión. 
 
1. La tierra grita… 
Con este Mensaje, renuevo el diálogo con «toda persona que vive 
en este planeta» respecto a los sufrimientos que afligen a los pobres y 
la devastación del medio ambiente. Dios nos hizo el don de un jardín 
exuberante, pero lo estamos convirtiendo en una superficie 

 

 
contaminada de «escombros, desiertos y suciedad» (Laudato si’, 161). 
No podemos rendirnos o ser indiferentes a la pérdida de la 
biodiversidad y a la destrucción de los ecosistemas, a menudo 
provocados por nuestros comportamientos irresponsables y egoístas. 
«Por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con 
su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos 
derecho» (ibíd., 33). 
El planeta continúa a calentarse, en parte a causa de la 
actividad humana: el 2015 ha sido el año más caluroso jamás 
registrado y probablemente el 2016 lo será aún más. Esto provoca 
sequía, inundaciones, incendios y fenómenos meteorológicos 
extremos cada vez más graves. Los cambios climáticos contribuyen 
también a la dolorosa crisis de los emigrantes forzosos. Los pobres del 
mundo, que son los menos responsables de los cambios climáticos, 
son los más vulnerables y sufren ya los efectos. 
Como subraya la ecología integral, los seres humanos están 
profundamente unidos unos a otros y a la creación en su totalidad. 
Cuando maltratamos la naturaleza, maltratamos también a los seres 
humanos. Al mismo tiempo, cada criatura tiene su propio valor 
intrínseco que debe ser respetado. Escuchemos «tanto el clamor de la 
tierra como el clamor de los pobres» (ibíd., 49), y busquemos 
comprender atentamente cómo poder asegurar una respuesta 
adecuada y oportuna. 
 
2. …porque hemos pecado 
Dios nos ha dado la tierra para cultivarla y guardarla (cf. Gn. 
2,15) con respeto y equilibrio. Cultivarla «demasiado» ‒esto es 

 

 
abusando de ella de modo miope y egoísta‒, y guardarla poco es 
pecado. 
Con valentía, el querido Patriarca Bartolomé, repetidamente y 
proféticamente, ha puesto de manifiesto nuestros pecados contra la 
creación: «Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica 
en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad 
de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra 
de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los 
seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todo esto es 
pecado». Porque «un crimen contra la naturaleza es un crimen contra 
nosotros mismos y un pecado contra Dios»2. 
Ante lo que está sucediendo en nuestra casa, que el Jubileo de 
la Misericordia pueda llamar de nuevo a los fieles cristianos «a una 
profunda conversión interior» (Laudato si’, 217), sostenida 
particularmente por el sacramento de la Penitencia. En este Año 
Jubilar, aprendamos a buscar la misericordia de Dios por los pecados 
cometidos contra la creación, que hasta ahora no hemos sabido 
reconocer ni confesar; y comprometámonos a realizar pasos concretos 
en el camino de la conversión ecológica, que pide una clara toma de 
conciencia de nuestra responsabilidad con nosotros mismos, con el 
prójimo, con la creación y con el creador (cf. ibíd., 10; 229). 
 
3. Examen de conciencia y arrepentimiento 
El primer paso en este camino es siempre un examen de 
conciencia, que «implica gratitud y gratuidad, es decir, un 
reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, 
                                                            
2 Discurso en Santa Bárbara, California (8 noviembre 1997). 

 

 
que provoca como consecuencia actitudes gratuitas de renuncia y 
gestos generosos […] También implica la amorosa conciencia de no 
estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás 
seres del universo una preciosa comunión universal. Para el creyente, 
el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, 
reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los 
seres» (ibíd., 220). 
 
A este Padre lleno de misericordia y de bondad, que espera el 
regreso de cada uno de sus hijos, podemos dirigirnos reconociendo 
nuestros pecados contra la creación, los pobres y las futuras 
generaciones. «En la medida en que todos generamos pequeños daños 
ecológicos», estamos llamados a reconocer «nuestra contribución –
pequeña o grande– a la desfiguración y destrucción de la creación».3 
Este es el primer paso en el camino de la conversión. 
En el 2000, también un Año Jubilar, mi predecesor san Juan 
Pablo II invitó a los católicos a arrepentirse por la intolerancia 
religiosa pasada y presente, así como por las injusticias cometidas 
contra los hebreos, las mujeres, los pueblos indígenas, los 
inmigrantes, los pobres y los no nacidos. En este Jubileo 
Extraordinario de la Misericordia, invito a cada uno a hacer lo mismo. 
Como personas acostumbradas a estilos de vida inducidos por una 
malentendida cultura del bienestar o por un «deseo desordenado de 
consumir más de lo que realmente se necesita» (ibíd., 123), y como 
partícipes de un sistema que «ha impuesto la lógica de las ganancias 
a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de 
                                                            
3 Bartolomé I, Mensaje para el día de oración por la protección de la creación (1 septiembre 2012). 

 

 
la naturaleza»,4 arrepintámonos del mal que estamos haciendo a 
nuestra casa común. 
Después de un serio examen de conciencia y llenos de 
arrepentimiento, podemos confesar nuestros pecados contra el 
Creador, contra la creación, contra nuestros hermanos y hermanas. 
«El Catecismo de la Iglesia Católica nos hace ver el confesionario 
como un lugar en el que la verdad nos hace libres para un 
encuentro».5 Sabemos que «Dios es más grande que nuestro pecado»,6 
de todos los pecados, incluidos aquellos contra la creación. Allí 
confesamos porque estamos arrepentidos y queremos cambiar. Y la 
gracia misericordiosa de Dios que recibimos en el sacramento nos 
ayudará a hacerlo. 
 
4. Cambiar de ruta 
El examen de conciencia, el arrepentimiento y la confesión al 
Padre rico de misericordia, nos conducen a un firme propósito de 
cambio de vida. Y esto debe traducirse en actitudes y 
comportamientos concretos más respetuosos con la creación, como, 
por ejemplo, hacer un uso prudente del plástico y del papel, no 
desperdiciar el agua, la comida y la energía eléctrica, diferenciar los 
residuos, tratar con cuidado a los otros seres vivos, utilizar el 
transporte público y compartir el mismo vehículo entre varias 
personas, entre otras cosas (cf. Laudado si’, 211). No debemos pensar 
que estos esfuerzos sean demasiado pequeños para mejorar el 
                                                            
Discurso, II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 
(9 julio 2015). 
Tercera meditación, Retiro espiritual con ocasión del Jubileo de los sacerdotes, Basílica de san 
Pablo extramuros (2 junio 2016). 
Audiencia General (30 marzo 2016). 

 

 
mundo. Estas acciones «provocan en el seno de esta tierra un bien 
que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente» (ibíd., 212) y 
refuerzan «un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar 
profundamente sin obsesionarse por el consumo» (ibíd., 222). 
Igualmente, el propósito de cambiar de vida debe atravesar el 
modo en el que contribuimos a construir la cultura y la sociedad de la 
cual formamos parte: «El cuidado de la naturaleza es parte de un 
estilo de vida que implica capacidad de convivencia y de comunión» 
(ibíd., 228). La economía y la política, la sociedad y la cultura, no 
pueden estar dominadas por una mentalidad del corto plazo y de la 
búsqueda de un inmediato provecho financiero o electoral. Por el 
contrario, estas deben ser urgentemente reorientadas hacia el bien 
común, que incluye la sostenibilidad y el cuidado de la creación.  
Un caso concreto es el de la «deuda ecológica» entre el norte y el 
sur del mundo (cf. ibíd., 51-52). Su restitución haría necesario que se 
tomase cuidado de la naturaleza de los países más pobres, 
proporcionándoles recursos financiaros y asistencia técnica que les 
ayuden a gestionar las consecuencias de los cambios climáticos y a 
promover el desarrollo sostenible. 
La protección de la casa común necesita un creciente consenso 
político. En este sentido, es motivo de satisfacción que en septiembre 
de 2015 los países del mundo hayan adoptado los Objetivos del 
Desarrollo Sostenible, y que, en diciembre de 2015, hayan aprobado 
el Acuerdo de París sobre los cambios climáticos, que marca el 
costoso, pero fundamental objetivo de frenar el aumento de la 
temperatura global. Ahora los Gobiernos tienen el deber de respetar 
los compromisos que han asumido, mientras las empresas deben 

 

 
hacer responsablemente su parte, y corresponde a los ciudadanos 
exigir que esto se realice, es más, que se mire a objetivos cada vez 
más ambiciosos.  
Cambiar de ruta significa, por lo tanto, «respetar 
escrupulosamente el mandamiento originario de preservar la creación 
de todo mal, ya sea por nuestro bien o por el bien de los demás seres 
humanos».7 Una pregunta puede ayudarnos a no perder de vista el 
objetivo: «¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, 
a los niños que están creciendo?» (Laudato si’, 160). 
 
5. Una nueva obra de misericordia 
«Nada une más con Dios que un acto de misericordia, bien sea 
que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros 
pecados, o bien de la gracia que nos da para practicar las obras de 
misericordia en su nombre».8 
Parafraseando a Santiago, «la misericordia sin las obras está 
muerta en sí misma. […] A causa de los cambios de nuestro mundo 
globalizado, algunas pobrezas materiales y espirituales se han 
multiplicado: por lo tanto, dejemos espacio a la fantasía de la caridad 
para encontrar nuevas modalidades de acción. De este modo la vía de 
la misericordia se hará cada vez más concreta».9 
                                                            
7 BARTOLOMÉ I, Mensaje para la Jornada de oración para el cuidado de la creación (1 septiembre 
1997). 
Primera Meditación, Retiro espiritual con ocasión del Jubileo de los sacerdotes, Basílica de san 
Juan de Letrán (2 junio 2016). 
Audiencia General (30 junio 2016). 

 

 
La vida cristiana incluye la práctica de las tradicionales obras de 
misericordia corporales y espirituales.10 «Solemos pensar en las obras 
de misericordia de una en una, y en cuanto ligadas a una obra: 
hospitales para los enfermos, comedores para los que tienen hambre, 
hospederías para los que están en situación de calle, escuelas para 
los que tienen que educarse, el confesionario y la dirección espiritual 
para el que necesita consejo y perdón… Pero, si las miramos en 
conjunto, el mensaje es que el objeto de la misericordia es la vida 
humana misma y en su totalidad».11 
Obviamente «la misma vida humana en su totalidad» incluye el 
cuidado de la casa común. Por lo tanto, me permito proponer un 
complemento a las dos listas tradicionales de siete obras de 
misericordia, añadiendo a cada una el cuidado de la casa común
Como obra de misericordia espiritual, el cuidado de la casa 
común precisa de «la contemplación agradecida del mundo» (Laudato 
si’, 214) que «nos permite descubrir a través de cada cosa alguna 
enseñanza que Dios nos quiere transmitir» (ibíd., 85). Como obra de 
misericordia corporal, el cuidado de la casa común, necesita «simples 
gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del 
aprovechamiento, del egoísmo […] y se manifiesta en todas las 
acciones que procuran construir un mundo mejor» (ibíd., 230-231). 
 
6. En conclusión, oremos 
                                                            
10 Las corporales son: dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; vestir al desnudo; dar 
posada al peregrino; visitar al enfermo; visitar a los encarcelados; enterrar a los muertos. Las 
espirituales son: dar consejo al que lo necesita; enseñar al que no sabe; corregir al que se 
equivoca; consolar al triste; perdonar al que nos ofende; soportar con paciencia los defectos del 
prójimo; rogar a Dios por los vivos y por los muertos.  
11 Tercera Meditación, Retiro espiritual con ocasión del Jubileo de los sacerdotes, Basílica de San 
Pablo extramuros (2 junio 2016). 

 

 
A pesar de nuestros pecados y los tremendos desafíos que 
tenemos delante, no perdamos la esperanza: «El Creador no nos 
abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se 
arrepiente de habernos creado […] porque se ha unido definitivamente 
a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos 
caminos» (ibíd., 13;245). El 1 de septiembre en particular, y después 
durante el resto del año, recemos: 
 
«Oh Dios de los pobres, 
ayúdanos a rescatar a los abandonados 
y a los olvidados de esta tierra 
que son tan valiosos a tus ojos. […] 
Dios de amor,  
muéstranos nuestro lugar en este mundo  
como instrumentos de tu cariño  
por todos los seres de esta tierra (ibíd., 246). 
Dios de Misericordia, concédenos recibir tu perdón 
y de transmitir tu misericordia en toda nuestra casa común. 
Alabado seas. 
Amen.  
10